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 CAPITULO 3

 

 

UNA NUEVA APROXIMACIÓN HISTÓRICA A LOS ALMOGÁVARES: 

Berenguer de Rocafort, el “espíritu” de La Compañía Almogávar

 

Los cronistas que nos legaron la epopeya almogávar fueron fundamentalmente Muntaner, que fue uno de los Jefes Almogávares y actor directo de los hechos, y los cronistas bizantinos de la época, de entre los que destacan Nicéforo Gregoras y Pachimerio

Posteriormente, destacó Francisco de Moncada en el siglo XVIII.

Sobre todos los mencionados, destaca Muntaner, Administrador de la Hueste, Gobernador de Galipoli y cronista oficial de la Compañía.

La inmensa mayoría de los que han leído sus Crónicas no han caído en el hecho de que no se puede ser actor, juez y cronista al mismo tiempo de unos hechos que le afectaron de forma tan directa.

Entiendo sinceramente que Muntaner con sus Crónicas pretendió entre otros motivos expiar sus culpas ante la Historia y para ello utilizó como cabeza de turco, ¡y nunca mejor dicho!, a mi persona, Berenguer de Rocafort.

Yo salvé la vida a Muntaner y eso es algo que cuesta mucho ser soportado por las nobles cunas, de donde también procedía Muntaner.

No pretendo ocultar mis pecados, que fueron monumentales, pero tampoco se puede tolerar que Muntaner me haga responsable de cosas que no son ciertas.

Muntaner abandonó la hueste en momentos en que nuestra Historia estaba todavía escribiéndose, y ello, porque no podía soportar mis glorias.

El se fue a un retiro feliz en el Reino de Aragón, mientras que a nosotros nos quedaba la incertidumbre y la guerra. Sus Crónicas fueron muy políticamente correctas en aquella época de nobles cunas y apaciguaron las malas conciencias, empezando por la suya, por no haber sabido explotar al máximo para beneficio de Aragón y de España la gesta que íbamos cimentando batalla a batalla.

Muntaner, a su vuelta deshonrosa, llegó a ser gobernador de la isla de Ibiza, mientas los almogávares se dejaban la vida por crear los cimientos de una Historia de Cristiandad en Oriente que los de noble cuna se sintieron incapaces de consolidar.

Si Fernando de Aragón e Isabel de Castilla hubieran reinado en aquel momento, el Mundo hoy sería de predominio español, y en aquella lejana tierra no reinaría la guerra como hoy sino la paz de nuestra Fe.

De entre todos los insultos y falsedades que recibí me molestó especialmente que se me culpara de que Galipoli se convirtiera, según se afirma, en el primer suministrador de los harenes musulmanes, cuando el Gobernador de esa ciudad era precisamente el cronista Muntaner, a la vez que era administrador de la hueste. Yo estaba dedicado a guerrear y a mantener viva la Compañía, mientras otros, que no eran yo, se dedicaban a sus negocios pérfidos. Jamás manejé el dinero de la Hueste, función de Muntaner, ni tampoco me metí en asuntos de la gestión y organización de la ciudad.

Doy fe de que Muntaner nos abandonó con barcos llenos de riquezas que le garantizaban un retiro tranquilo y seguro, y nadie mejor que él para señalar de donde se sacó ese dinero. En cambio, señaló como culpable a alguien que no lo era y a quien odiaba profundamente.

Hubo un día en que un obispo griego en la ciudad de Rodosco me suplicó que salvara la vida de toda esta población que se había vuelto a sublevar contra la Compañía, y yo respeté sus vidas, algo que no solía suceder en aquella época de espanto generalizado.

Esos gestos de piedad y de caridad eran algo habitual en mi persona, pues yo en el fondo era un hombre necesitado de justicia y de respeto, y era lo que concedía al que me las pedía con humildad.

La Compañía Almogávar era un régimen democrático – militar, y el Consejo Almogávar era la Asamblea donde se expresa la voluntad de todos. Los dos jefes de la hueste anteriores a mí, Roger y Entenza, podían actuar contra la voluntad del Consejo, pero en mi caso era distinto: el Consejo era el que tomaba las decisiones y yo el que las ejecutaba. En estas condiciones, ¿qué responsabilidad se me podía imputar en esta situación jurídico - política?

Roger y Entenza perdieron su jefatura por su exceso de confianza no correspondida, y con ello pusieron en juego la vida de miles de nuestros hermanos almogávares. Y fue en circunstancias muy malas que yo alcancé la Jefatura, pero, repito, bajo la supervisión y dirección del Consejo Almogávar.

Nadie como yo respetó al máximo exponente de la soberanía popular almogávar: el Consejo. Se me achacan ambiciones extremas, como si ninguno de mis anteriores en la Jefatura no hubieran bebido de la fuente de la ambición, Roger para convertirse en Señor Feudal de Asia Menor, y Entenza para algo parecido. Yo deseaba consolidar el proyecto de la Compañía para que sirviera en el futuro como plataforma y ariete de una futuro resurgir de nuestra civilización en Oriente.

Es cierto que mi talante seco, arisco y orgulloso me hacía en ocasiones una persona intratable, pero las condiciones me obligaron a protegerme de esa manera de la hostilidad de un sistema en el que sólo los de la altas cunas podían tener derecho a un hueco en la Historia del mañana.

Lamento la sangre que injustamente vertí, pero los acontecimientos nos desbordaron a todos, y en ocasiones la locura de las victorias y de las riquezas me desviaron de la senda de la rectitud y de la grandeza.

Pero mi figura histórica merece un lugar a la altura de cómo fui y lo que signifiqué realmente en la Compañía. Muntaner ya ha tenido 700 años de años de vocear sus justificaciones y excusas. Es hora de conocer otro punto de vista de esta epopeya; el mío, el de BERENGUER DE ROCAFORT.

 

 

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Última modificación: 02 de giugno de 2006

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