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 BATALLA DE GALIPOLI

 

 

Nuevamente la compañía de almogávares se quedaba sin un líder. Lo había sido Roger de Flor, luego Entenza, pero al cautiverio de éste, los mercenarios catalanes volvían a quedar sin caudillo. Además, seguían aprisionados en Galípoli y los víveres empezaban a escasear. Con el camino libre y sin oposición, Berenguer de Rocafort se convirtió en el nuevo líder de la hueste y Muntaner, cronista de las epopeyas mercenarias, fue nombrado gobernador de la ciudad sitiada. Lo primero que hicieron Rocafort y Muntaner fue contar los efectivos militares que quedaban y tal debió ser su sorpresa al contar con 1.256 soldados de infantería y 206 de caballería, les quedaban 4 galeras y varias barcas. Hubo entonces un Consejo general y algunos propusieron embarcar todos y capturar la isla de Mitilene, desde allí podrían incursionar en todas las islas vecinas y esperar refuerzos de Sicilia y Aragón para luego combatir más abiertamente al Imperio Bizantino. La idea, aunque sensata, fue duramente criticada y tanto Rocafort como Muntaner coincidieron en no abandonar Galípoli hasta tanto no se hubiera vengado la memoria de Roger y Entenza. Al finalizar el consejo sólo se pudo determinar una salida, lucharían quienes quedaban contra las fuerzas bizantinas que aun sitiaban la ciudad. La solución era desesperada y muy arriesgada, y era preciso que Rocafort los guiase hasta la muerte segura. Había que romper el cerco y el líder almogávar se disponía a efectuar igual intento que dos siglos más tarde Cortés enfrentaría en La Noche Triste. El 7 de junio de 1305 los almogávares, alzando el estandarte de Aragón, Sicilia y San Jorge, salieron los guerreros a enfrentar al enemigo. El general griego Boesilao emprendió la carga con 8.000 catrafactas contra los impertinentes que se atrevían abandonar las seguras murallas de Galípoli. Rocafort, por su parte, sospechó de la victoria al ver que los caballeros griegos no podrían maniobrar en un reducido espacio y todo dependería del primer choque. Cuando los jinetes de hierro tropezaron al punto con los almogávares, una fuerte lluvia de armas arrojadizas cayó sobre sus pechos y los soldados aragoneses hicieron de las suyas con los caballos enemigos, metiéndose entre sus patas y destripando a las bestias, las cuales dejaban caer a quien las montaba y era presa segura de los fanáticos guerreros mercenarios. Al fin la primera ola de combate había terminado y la caballería bizantina había sido derrotada, pero aun quedaban las tropas de refresco que se hallaban sobre una empinada colina y estaban en perfecta formación. Fue este el momento en que la moral se pone en juego y por una simple vacilación puede perderse toda la batalla. Supo Rocafort que debía actuar y al grito de ¡Aragón!, ¡San Jorge!, ¡San Jorge!, los almogávares treparon la colina y su furia pudo contra los soldados griegos. Al final, los bizantinos en despavorida retirada sufrieron las consecuencias de quien da la espalda al enemigo y catalano-aragoneses no debían por más que dar cuchilladas por doquier.

 

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Última modificación: 02 de giugno de 2006

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